¿Quien es ÁNGEL cordero?

Por la curva interior, entre el estruendo de pezuñas pulverizando el piso a puro galope, pasaba Celador. Un ejemplar Pura Sangre de cinco años, criado por el establo Lares e hijo de Luchador. A trote completo llevaba en su lomo a Ángel Cordero Jr. y bajo el estruendo del público cruzó la línea de llegada para darle su primera victoria al jinete de apenas 18 años.

Poco después Cordero empacó maletas y dejó atrás la tierra carolinense que por aquellos tiempos albergaba el Hipódromo Camarero para probar suerte en el circuito de Nueva York. Si esto fuera una película de estreno del Canal 4 probablemente aquí comenzaría una historia sencilla de éxito, pero no fue así.

Para Cordero, arribar a Nueva York en 1962 fue el comienzo de una serie de momentos difíciles. Tratar de repetir la gloria conseguida en suelo boricua resultó ser un camino cuesta arriba. En las pistas de Aqueduct, Belmont Park y Saratoga los resultados fueron pobres y a eso se le sumó la falta de contactos entre entrenadores y dueños. Después de varios meses terminó regresando a Puerto Rico.

No fue hasta 1965 que un colega de nombre Eddie Belmonte se acercó a Cordero y le insistió en intentarlo una vez más. Combinando aquel consejo con el lema de “trabaja, trabaja, trabaja y espera a que suceda algo”, volvió a Nueva York dispuesto a abrirse paso.

La filosofía resultó crucial para todo lo que vino después. Fue la que lo sostuvo durante operaciones, neumonías y una suspensión de setenta días por correr agresivamente. También fue la que lo llevó a competir en jornadas donde las condiciones no eran las mejores y otros jinetes preferían quedarse fuera. Poco a poco los resultados comenzaron a llegar. Para finales de la década de los sesenta Cordero ya se había establecido como una de las figuras más consistentes del circuito neoyorquino y uno de los nombres más respetados del hipismo norteamericano.

Doce años después de haber llegado a Nueva York para probar suerte en el circuito estadounidense, Ángel Cordero Jr. entró a Churchill Downs para montar a Cannonade en la edición número cien del Kentucky Derby.

La victoria sobre Hudson County por dos cuerpos y un cuarto de distancia convirtió a Cordero en el primer puertorriqueño en conquistar el Kentucky Derby. Para un jinete que apenas una década antes había tenido que regresar a Puerto Rico luego de una primera experiencia poco exitosa en Nueva York, el triunfo representaba mucho más que una carrera ganada. Era la culminación de años de insistencia, de madrugadas en las pistas, de lesiones, suspensiones y temporadas donde el progreso parecía llegar más lento de lo esperado.

La victoria de Cannonade también terminó de validar una trayectoria que había comenzado mucho antes en los hipódromos de Puerto Rico. Doce años después de abandonar la isla para probar suerte en Nueva York, Cordero había alcanzado la cima del hipismo estadounidense.

Los años que siguieron continuaron ampliando su legado. Junto a Laffit Pincay se convirtió en uno de los primeros dos jinetes en superar los cuatro millones de dólares en ganancias durante una temporada. El 12 de marzo de 1975 ocupó titulares al ganar seis carreras en un solo día, una hazaña que lo movió de las páginas deportivas a la primera plana. Más adelante volvería a ganar el Kentucky Derby con Bold Forbes en 1976 y Spend a Buck en 1985, consolidando una trayectoria que ya figuraba entre las más importantes del deporte.

El 11 de agosto de 1988 se convirtió en el primer latino exaltado al Salón de la Fama del Museo Nacional del Hipismo. Para entonces ya había alcanzado la marca de seis mil ganadores y todavía le quedaba espacio para seguir ampliando un récord personal que eventualmente sobrepasaría las siete mil victorias.

Aun acercándose al final de su carrera, Cordero mantenía un ritmo que pocos podían igualar. En 1991, con 49 años de edad, participó en 1,341 carreras y ganó 238 de ellas. Para principios de 1992 acumulaba 7,057 victorias en 38,646 montas. El recorrido, sin embargo, llegó a un punto final el 12 de enero de ese mismo año cuando sufrió una aparatosa caída en la pista de Aqueduct, en Jamaica, Queens. El accidente le provocó múltiples fracturas que requirieron intervención quirúrgica y eventualmente lo llevaron a retirarse de la silla de montar.

La retirada como jinete no significó el final de su relación con el deporte. Ese mismo año levantó el mantel de entrenador y obtuvo su primera victoria en la nueva faceta. Para entonces Ángel Cordero Jr. ya había hecho mucho más que acumular récords y premios. Se había convertido en un puente entre Puerto Rico y Nueva York, una figura que ayudó a abrir espacio para nuevas generaciones de talento boricua dentro del hipismo norteamericano.

Su importancia también trascendió los números. Durante décadas fue una presencia familiar para fanáticos que probablemente nunca habían visitado una pista en Puerto Rico, pero que aprendieron a reconocer su nombre entre los mejores jinetes del continente. En la placa que acompaña su exaltación al Salón de la Fama se le describe como “un competidor feroz y un atleta popular entre el público del hipismo”, una definición sencilla para una carrera que rara vez lo fue.

Pero quizás la mejor medida de su impacto no se encuentra en una estadística ni en una vitrina llena de trofeos.

Se encuentra en una canción.

A continuación les dejamos un número de la autoría de Ismael Rivera y Rafael Cortijo, “Cordero y Belmonte”:

“Como ustedes pueden ver, querido público oyente,
con este dos no hay quien pase, pregúntaselo a Vicente.
Le llaman Junior Cordero, que el otro es Eddie Belmonte,
son los campeones allá por el norte.”






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